El fútbol no son 90 minutos. Son las tardes enteras de tu infancia condensadas en un solo domingo.
Tú te acuerdas exactamente dónde estabas cuando Colombia clasificó. Te acuerdas de la casa, de quién gritó más fuerte, de con quién te abrazaste sin conocerlo. Te acuerdas del silencio después de una eliminación, y también te acuerdas de cómo, minutos después, ya estabas soñando con el próximo Mundial.
Eso no se aprende viendo un partido. Eso se hereda. Alguien te lo contó a ti — un papá, un tío, un abuelo — y sin darte cuenta, te enseñó algo mucho más grande que fútbol: te enseñó quién eres.
Algún día será él quien sostenga la camiseta. Antes de eso, que sepa por qué le pesa tanto.
Hoy tu hijo ve el celular más de lo que ve el balón. Y en algunos años, cuando le pregunten de dónde es, quieres que sepa algo más que el nombre de un país. Quieres que sepa por qué le tiembla el pecho cuando suena el himno.
Esa es la razón por la que existen estas cartas.



